domingo, 6 de agosto de 2017

CAPÍTULO 26 LOS QUE SE RELACIONAN CON LOS EXCOMULGADOS SIN AUTORIZACIÓN



CAPÍTULO 26

LOS QUE SE RELACIONAN
CON LOS EXCOMULGADOS SIN AUTORIZACIÓN

Si algún hermano, sin orden del abad, se permite relacionarse de cualquier manera con otro hermano excomulgado, hablando con él o enviándole algún recado, 2incurrirá en la misma pena de excomunión.

Del Capítulo 23 al 30 de la Regla se san Benito tenemos el Código penal. El paralelismo con la parábola del Hijo Pródigo es destacado por muchos comentaristas.

Un Padre bueno que no viene en nuestra búsqueda como a hijos perdidos, sino que está a la espera de que seamos conscientes de nuestro error, y volvamos arrepentido a la casa del Padre.

Una falta, la del Hijo pródigo, que afecta a toda la familia, como nuestras faltas afectan a toda la comunidad, que viene a ser como un cuerpo, donde el fallo de un miembro repercute en los demás. Para san Benito es prioritario que el fallo de este miembro no afecte en su “enfermedad” a los demás miembros, pues, como dice la abadesa Montserrat Viñas, el pecado tiene siempre una dimensión social; de aquí que san Benito aconseje no juntarse, con palabra u obra, con los excomulgados.

El objetivo de san Benito es crear una conciencia de arrepentimiento, pues si nos empeñamos en mantenernos en el error, si creemos que todo lo irregular que hacemos lo hacemos por una causa justa, estamos en el error y nos alejamos de Dios. El Padre siempre nos espera, pero es preciso ser conscientes de nuestro error, y que, arrepentidos, vayamos a su encuentro. Pertenecemos a una comunidad, no podemos buscar el consuelo en relaciones personales ajenas al monasterio; hemos optado por vivir en una comunidad, y la aceptamos o la dejamos. San Benito plantea la excomunión, la separación de la comunidad como una oportunidad para la humildad y el arrepentimiento, pues si nos separamos de los que amamos es como una oportunidad de arrepentimiento; pero si lo hacemos en relación de los que no amamos lo sería de desesperación y orgullo, aunque no parezca ser una ocasión de alejamiento, según comenta Monserrat Viñas.

Para san Benito es bueno que en alguna ocasión suframos si ello nos ayuda a hacernos conscientes de que hemos obrado mal, de manera que la excomunión actúe como un revulsivo que nos lleve al arrepentimiento y la conversión.

La excomunión, el alejamiento u ostracismo es un mal, que nos puede suceder cuando nos hemos dejado llevar de la desafección, ciertamente, pero al fin y al cabo lo es también para la comunidad que contempla como uno de sus miembros, que es lo que somos, permanece lejos de la casa del Padre, pudiendo ser inconscientes de que se nos espera, que necesitamos volver a casa, llamar, y nos van a abrir y dar su perdón.

Las faltas que nos llevan a la excomunión, y que san Benito considera como más graves, son la desobediencia, el orgullo, la murmuración, el menosprecio…, todas contrarias a la ley evangélica que hemos aceptado de seguir, y todas son destructoras del sentido de comunidad, y en todas venimos a caer. Hoy el concepto de excomunión nos suena como algo extraño y duro, desfasado, propio de otros tiempos. Pero leyendo la Regla hemos de poner el acento en todo aquello que nos aparta de la comunión. Si nos vamos separando de la comunidad, acabaremos viviendo al margen, y conseguiremos también que la comunidad nos mantenga al margen, no por castigo, sino como consecuencia de nuestra actitud, de nuestra automarginación y desafección, dejándonos por inútiles. Necesitamos estar vigilantes para no caer en el aislamiento, creándonos nuestro espacio, nuestro mundo marginal, sino más bien haciendo lo que toca hacer y nada más; y en más de una ocasión hacer lo que toca ya es una ganancia, pero a veces ni a eso llegamos. Es la actitud del que dice “ya se lo harán”, “a mí que me explican a esta alturas”, “yo ya estoy desengañado del todo”, “a mí que me dejen tranquilo”, “todos son unos falsos”,… y tanta otras frases ya hechas.

En el Sínodo de la Orden se puso de relieve que este tema era importante, el tema de una visión excesivamente pesimista, negativa y destructora de la vida comunitaria, en que podemos caer, y que viene a influir en toda la comunidad.

Caer sí, pero sin enfangarnos in eternum, pues no podemos vivir lamentándonos de manera permanente de todo y de todos.

Consentir el dolor, dice Enzo  Bianchi, pero para volver a las fuentes, para recuperar la ilusión de nuestra vocación.
Escribe Juana Chittister que aquello que no sabemos controlar, debemos intentar refrenarlo antes de que sea demasiado tarde, que lo que hay torcido en nosotros debemos enderezarlo nosotros mismos.

También es preciso no ser como el hijo mayor de la parábola, el hermano grande que juzga con ligereza, murmurando… En ocasiones, somos como el hermano mayor, nos molestamos si no se castiga como sería el nuestro gusto, impartiendo una justicia que a veces queremos para los demás, pero no tanto para nosotros. Puede sucedernos cuando nos toca a nosotros quitándonos de un servicio concreto, en contra de nuestra voluntad, sin advertir que dicho servicio lo hacíamos mal, a nuestro capricho en detrimento de otros. Y esto no es plato de gusto para una comunidad, pues viene a decir que la hemos decepcionado, quizás porque tanto sentirnos bien con la crítica nos hacemos esclavos de ella.

Quizás hoy he recurrido más a los comentarios de dos abadesas, ya que en este aspecto manifiestan una sensibilidad más fina, aunque sin rehuir el riesgo del problema.

Excomunicados ¿por quién? Nos podemos preguntar como ellas. Por nosotros mismos y esto es algo muy triste, responden en sus comentarios.

El Padre nos espera a todos con los brazos abiertos, pero a veces nos atrae seguir pastoreando cerdos, y nos quejamos de que no sea el Padre quien se levante y venga a pedirnos perdón, quizás por habernos dado la mitad de la herencia y haber dejado que nos la malgastemos, y esperamos que venga y nos lo diga con la palabra, pero no viene, sino que solamente nos espera y esto nos sorprende.

En el primer momento fallamos en la observancia, como el hijo pródigo abandonamos la casa paterna, y quizás al principio nos va bien, creemos ser más felices, e incluso más listos siguiendo nuestra vida, y disipando la herencia. Pero después poco a poco nos vamos sintiendo mal, y al final nos queda un vacío cada vez más inquietante, vamos percibiendo que esta vida a la que hemos optado no es la auténtica vida, y que la verdadera vida cada vez se aleja más de nosotros. Todo nos resulta vacío porque venimos a ser esclavos de nuestro capricho, que, además, con frecuencia es negativo.

También entonces, nos dice san Benito tenemos la oportunidad de empezar a recapacitar y preguntarnos si esta es la verdadera vida que queremos llevar hasta el final de nuestros días, o si no sería mejor recapacitar y preguntarnos por un vivir nuevo, aunque fuera para los demás de la misma manera, contribuyendo a la construcción del mundo, al crecimiento de la comunidad humana; y no acabar odiando al abad, sea el que sea, o a los hermanos sean los que sean, al mundo, sea como sea, y al final incluso a nosotros mismos, considerándonos como ovejas camino del sacrificio. Siempre estamos a tiempo, siempre podemos tener un nuevo camino, un camino interior. Reflexionando, y comenzar a ver que somos mucho más libres cooperando en la construcción de la comunidad, de la Iglesia, redescubriendo el proyecto que Dios tiene para nosotros, que no permaneciendo en nuestra oscura realidad.

Pero será preciso nuestro esfuerzo, nuestra voluntad, será preciso levantarnos de nuestra postración y que nos pongamos en camino hacia la casa del Padre

Comentaba el Papa Benedicto sobre la parábola del Hijo pródigo:

“Esta parábola nos ayuda a comprender que el hombre no es una “monada”, una entidad aislada que solo vive para sí misma. Al contrario, vivimos con los demás, hemos estado creados para estar con los otros y solo por este camino encontramos la vida verdadera. El hombre es una criatura en la cual Dios ha impreso su imagen, una criatura que es atraída al horizonte de su gracia, pero también una criatura frágil, expuesta al mal, aunque siendo capaz de hacer el bien. El hombre es una persona libre. Hemos de comprender qué es la libertad y lo que solamente es apariencia de libertad. Podríamos decir que la libertad es el trampolín para lanzarnos al mar infinito de la bondad divina, pero puede ser también un plano inclinado por el que resbalamos hacia el abismo del pecado y del mal, perdiendo así la libertad y nuestra dignidad  (Homilia 18 Marzo de 2007 en el Centro Penitenciario para menores del Casal de Marmo)

Nosotros, creados libres, elegimos el bien o el mal, la falsa o la verdadera libertad. Al final de esta vida nos dice el Apóstol: “Todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, donde cada uno ha de recibir lo que le corresponde según el bien o el mal que haya realizado en esta vida”. (2Cor 5,10)

Entonces, el Señor que nos quiere para Él, haciendo el bien, nos dice como está escrito en el  Deuteronomio  “te propongo de escoger entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Escoge la vida y vivirás”.










domingo, 30 de julio de 2017

CAPÍTULO 19 LA ACTITUD DURANTE LA SALMODIA


CAPÍTULO 19
LA ACTITUD DURANTE LA SALMODIA

Creemos que Dios está presente en todo lugar y que «los ojos del Señor están vigilando en todas partes a buenos y malos»; 2pero esto debemos creerlo especialmente sin la menor vacilación cuando estamos en el oficio divino. 3Por tanto, tengamos siempre
presente lo que dice el profeta: «Servid al Señor con temor»; 4y también: «Cantadle salmos sabiamente», 5y: «En presencia de los ángeles te alabaré». 6Meditemos, pues, con qué actitud debemos estar en la presencia de la divinidad y de sus ángeles, 7y salmodiemos de tal manera, que nuestro pensamiento concuerde con lo que dice nuestra boca.

Vivir bajo la mirada de Dios, creer, siempre atentos a Dios. Ya nos lo ha dicho san Benito en el capítulo 7, que hemos de sentirnos en su presencia:
“El primer grado de la humildad es mantener siempre ante los ojos el temor de Dios y evitar de olvidarlo; recordar siempre lo que nos manda”…. Y guardándose en todo momento de los pecados y de los vicios, es decir de los pensamientos, de la lengua, de las manos y de los pies, y de la voluntad propia, como también de los deseos de la carne, el hombre ha de tener en cuenta que Dios lo contempla en todo momento, y que en todo momentos sus acciones están bajo la mirada de la divinidad y presentadas por los ángeles.

Orar, trabajar, comer, dormir en la presencia de Dios. Quizás se puede recordar una escena de la película Camino, donde uno de los personajes es una mujer que se ha quedado viuda y cuando le dicen si se siente sola, contesta que nunca estamos solos, siempre está a nuestro lado  Jesús. No para vigilarnos o controlarnos sino para manifestarnos la presencia amorosa del Señor a quien buscamos, y a quien queremos dedicar toda nuestra vida.

A menudo hacemos cosas a escondidas, para que no las vean nuestros hermanos, y no somos conscientes de que las ve Dios. Tener siempre presente a Dios es tener siempre presente el sentido último de nuestra vida, el sentido  fontal, esencial, vital. Pero todavía san Benito nos dice más, si siempre hemos de creer en la presencia del Señor, tanto más cuanto más oramos en la comunidad, cuando salmodiamos. Si no asistimos, si por pereza, por sueño, o por anteponer otras cosas, en donde caemos una vez u otra todos, faltamos a la cita con el Señor.

Sería fácil plantear el símil de la relación con la enamorada, para la cual el enamorado lo deja todos, para sentirse cerca de ella, sentir su presencia, incluso en el silencio o en la oscuridad.

San Benito comienza por afirmar una verdad de fe: que Dios está presente en todas partes. Cuando hacemos el bien y cuando hacemos el mal; está presente, lo vemos y nos mira. Si esto es cierto en todo momento y en todo lugar, lo es de una manera especial cuando estamos en el Oficio divino.

Assistere en latín tiene un sentido fuerte: significa una presencia activa, participativa consciente. Por tanto, el Oficio divino es sobre todo una acción, una acción conjunta, comunitaria, una obra, donde Dios se hace presente para nosotros y en nosotros, para nuestra comunidad y en medio de nuestra comunidad, donde lo tratamos de una manera personal, aunque de hecho es algo que hacemos a lo largo de todo el día, pero es algo que se concretiza de una manera especial en la plegaria comunitaria.

San Benito apoya esta afirmación con tres textos del a Escritura:

Nos dice: “Servid al Señor con temor, del Sal 2,11 que la BCI traduce por “respetar al Señor, someteos, venid con temor a prestarle homenaje”

La vida monástica es una escuela del servicio divino y el Oficio una de las expresiones más importantes. Hemos de ir con temor, es decir con una actitud de profundo respeto ante la presencia especial de Dio.

El otro texto: “Salmodiad con gusto”, de una manera sabia, que significa orar con una actitud de comprensión mutua. Dios está presente en medio de nosotros, le hablamos y nos habla.
El texto tercero: “En presencia de los ángeles os cantaré salmos”. En la traducción de la BCI: “Te enaltezco con todo el corazón, Señor, te cantaré en la presencia de los ángeles”.
Insiste san Benito en la idea de la presencia, una presencia que es una mirada, una contemplación. De aquí la idea de que nuestra plegaria en la tierra nos une a la liturgia celestial.; una idea desarrollada por los primeros abades de Cluny, especialmente por san Odilón. San Benito llega a la conclusión de que todo esto se ha de expresar en una plegaria muy fortalecida, donde cada palabra debe ser cuidadosamente recitada, cantada, analizada, saboreada, sintiéndonos siempre ante los ojos de Dios y sus ángeles.

Si hoy día la tendencia es la búsqueda de palabras i fórmulas que expresen claramente lo que sentimos o queremos decir a Dios, la actitud de san Benito es más tener una actitud; vivir en la presencia de Dios, vivir bajo su mirada es la finalidad de la vida del monje, según los primeros padres de la vida monástica.

Una idea bella y austera que puede venir a ser un peso terrible y angustioso sino lo vivimos con amor. La mirada de la que habla san Benito no es ciertamente aquella que vigilaba a Caín cuando mata a su hermano, que era una mirada acusadora. Para los padres de la vida monástica la mirada de Dios es la mirada de Jesús, como se nos da a conocer en el Evangelio: cólera ante la hipocresía de los fariseos, compasiva y amorosa para el joven rico o  Zaqueo. Una mirada que cura, que da paz que libera. Si somos conscientes o creemos que Dios está presente siempre, es preciso que nuestra vida esté de acuerdo con nuestro pensamiento y la voz vaya también de acuerdo. Mens concordat voci.

Al fin y al cabo es una camino hacia la reconstrucción de la integridad de la persona humana; un camino para recuperar la imagen de Dios que llevamos ciertamente pero que a veces se difumina, que perdemos, a causa de nuestras faltas y pecados. Una tarea de toda la vida, una tarea para llevar a cabo en gran parte en la comunidad y la liturgia. El Oficio divino nos acerca, son momentos privilegiados a lo largo del día para armonizar el cuerpo y el espíritu, penetrando poco a poco, saboreándolos, el sentido de los salmos, descubriendo nuestras heridas, las fracturas interiores de nuestra alma: la impiedad, los celos, lujuria murmuración y otras.

Vivir en la presencia de Dios es tratar de alcanzar la unidad interior, y en esta reconstrucción espiritual la plegaria con los salmos juega un papel esencial. Orar, salmodiar en la presencia de Dios exige un papel activo, estar presentes sobre todo, pero con los cinco sentidos.

San Benito concluye estos capítulos dedicados al Oficio divino con este, donde destaca la percepción de la presencia divina, que es el primer fruto de nuestra fe. La presencia de Dios precede nuestra respuesta creyente al Señor, sintiendo esta presencia en la celda, en medio de la comunidad, en todo lugar. El Señor está presente en todas partes; creámoslo sin duda alguna cuando estamos en el Oficio divino. Presencia recibida con fe y con acción. Nos decía san Bernardo hoy en Maitines: “Donde está Dios, hay gozo; donde está Dios hay paz; donde está Dios está la felicidad”.


domingo, 16 de julio de 2017

CAPÍTULO 7,59 LA HUMILDAD



CAPÍTULO 7
LA  HUMILDAD,  RB 7,59

El décimo grado de humildad es que el monje no se ría fácilmente y en seguida, porque está escrito: «El necio se ríe estrepitosamente».,

Escribe el libro del Eclesiastés: “Hay un tiempo de llorar y un tiempo de reir, un tiempo de lamentarse y un tiempo de danzar”.  (Ecl 3,4)

San Benito es un hombre austero a quien no le agrada la trivialidad, y que contempla el reír como un riesgo de relajación espiritual. La Regla es un texto literario que no da lugar al humor, pero, ciertamente, no renuncia a la ironía. La repetición de la frase “Dios no lo quiera” no deja de tener un sentido irónico ante las actitudes que denuncia, pero que espera de nuestra sensatez que no se produzcan. La alegría no está ausente en la idea que san Benito tiene del monje. Así vemos como en el capítulo 7, en el cuarto grado de la humildad afirma que los monjes seguros en la esperanza divina siguen con alegría su camino; en el capítulo 49 desea que el monje afronte con gozo del Espíritu Santo la observancia cuaresmal; o en el capítulo 5 sobre la obediencia hace referencia al Apóstol: “Dios ama al que da con alegría”.  San Benito considera que el monje debe afrontar con alegría su vida, incluso en la obediencia, la observancia cuaresmal o la humildad, porque vive con gozo su vocación de monje.

Necesitamos vivir la vida monástica con ilusión, una ilusión progresiva desde la condición de postulantes hasta la profesión solemne, pasando por la etapa de novicio y profesión simple, para mantenernos cada día en dicho crecimiento progresivo. Una vez hecha la profesión solemne no debemos caer en el aburrimiento y en la pasividad, en una vida alejada de la comunidad y de Cristo; en una palabra, en una vida regresiva. La vida monástica no es una carrera con objetivos hasta ser profeso solemne, tener una celda propia… pensando que ya eres un monje auténtico, hagas lo que hagas. Debemos tener la ilusión de seguir viviendo en Cristo, vivir en el Señor, tener alegría en lo que vivimos. La propia comunidad nos debe ayudar en el caso de pérdida de fuerza en nuestra vocación, con el soporte necesario y los medios que nos ofrecen la Regla.  Hay elementos diversos para ayudarnos en la vocación, pero también es preciso tener confianza y predisposición para ser ayudado. Nos debemos dejar ayudar por los hermanos de la comunidad en una guía y acogida fraterna. Participando de la actividad de la comunidad con plena conversión y conexión con la vida monástica, confrontando la vida que es propia del Evangelio y la Regla con la vida real que llevamos a cabo. Vivir en comunidad significa vivir para la comunidad, por Cristo, compartiendo todos los aspectos de la vida y no teniendo otra alternativa al proyecto del Señor.

San Benito nos dice que hay momentos en los que reír no es la mejor de las actitudes. En el Oficio divino por ejemplo, debemos mantener la atención a lo que estamos haciendo, alabando a Dios. Nos ayuda la actitud interior y también la actitud exterior, hacer los gestos con la debida reverencia…  Esto no es el centro del Oficio sino instrumentos para poner de relieve el verdadero centro que es la alabanza Dios. San Benito no quiere que la tristeza sea la actitud dominante en los monasterios, su visión de la vida del monje es equilibrada, humana. Una alegría profunda, nacida de la esperanza de la Pascua, que nos permite llevar con ligereza las dificultades propias de la vida. San Benito conoce por experiencia las debilidades humanas, nuestros puntos vulnerables, fragilidades, a menudo nuestra tendencia a la pereza, o no afrontar los problemas… Una visión realista que no implica rigidez, ni menosprecio, ni animosidad. Ciertamente san Benito es un maestro exigente, pero no se puede afirmar que sea un puritano lleno de espíritu amargo. Duro consigo mismo, viene a ser uno que odia los vicios, pero ama a la persona. La visión realista del hombre que envuelve toda la experiencia personal de san Benito y que inspira la Regla, es una invitación a avanzar por el camino estrecho pero seguro de la vida monástica, conscientes de nuestras fragilidades, pero también de la certeza de que con la ayuda de Dios y de la comunidad, podemos seguir avanzando día tras día, y mantenernos fieles hasta el final del camino.

La observancia permanente es un medio para mantener una atención total a Cristo. Significa hacer sin retraso, sin excitación, sin murmurar, sin replicar, sin tibieza o pereza, con celo, la tarea confiada de la mejor manera posible. Siempre presentes, con el control permanente de la propia acción, de los gestos, del pensamiento… La distracción, el retraso, el olvido, error o negligencia… es lo que Benito incluye en esta ligereza del reír. De hecho, no dice que el monje no ría, sino que no sea fácil a la risa, sin sentido. Una de las tramas argumentales de la novela de Umberto Eco, “el nombre de la rosa”, se centraba precisamente en este tema de la risa; si era posible o no que Jesús hubiese reído; qué idea tenían de la risa los filósofos clásicos. ¿Qué tiene de malo el reír?, pregunta el protagonista, y un monje anciano le respondía: “el reír acaba con el miedo” Sin miedo no hay fe. Porque sin miedo al demonio, no hay necesidad de Dios. No ha de ser el miedo nuestro sentimiento delante de Dios, sino el amor y la disponibilidad.  No tengamos miedo a Cristo, sino abramos de par en par las puertas de nuestro corazón. (Cfr. Homilía san Juan Pablo II, el 22 Octubre 1978)

“La disponibilidad para la continua conversión, la disponibilidad para seguir un camino de conversión de vida, depende de nuestra alegría. Si uno comienza a escalar una montaña, se mantendrá en el camino a la cumbre, solamente si pone su alegría en dicha cumbre. Si la coloca en una etapa intermedia, se detendrá, no avanzará. Pero el problema es que la alegría verdadera de nuestro corazón es siempre más grande que nuestros objetivos más inmediatos. Cristo es la cima de nuestra vida y de la alegría que se nos da en cada etapa del camino, pero con la condición de seguir caminando para seguirlo hasta el final del camino, a la plenitud de la alegría y de la vida. A menudo nos detenemos en el camino de la conversión porque creemos que es suficiente con un cambio exterior (con un reír fácil), superficial. Creemos ser felices cambiando solamente lo exterior, pero eso no es lo que renueva la vida y la cambia, lo que la llena… San Benito quiere guiarnos en este camino de conversión constante, hasta la verdadera alegría del amor filial y paterno. Dejémonos ayudar, dejémonos guiar por Él en este camino. (Del comentario a la Regla, del Abad General del Orden Cisterciense, Mauro José Lepori, Roma 22 Agosto 2012)


domingo, 2 de julio de 2017

CAPÍTULO 3 COMO SE HAN DE CONVOCAR LOS HERMANOS A CONSEJO



CAPÍTULO 3

COMO SE HAN DE CONVOCAR
LOS HERMANOS A CONSEJO

Siempre que en el monasterio hayan de tratarse asuntos de importancia, el abad convocará toda la comunidad y expondrá él personalmente de qué se trata. 2Una vez oído el consejo de los hermanos, reflexione a solas y haga lo que juzgue más conveniente. 3Y hemos dicho intencionadamente que sean todos convocados a consejo, porque muchas veces el Señor revela al mas joven lo que es mejor. 4Por lo demás, expongan los hermanos su criterio con toda sumisión, y humildad y no tengan la osadía de defender con arrogancia su propio parecer, 5sino que, por quedar reservada la cuestión a la decisión del abad, todos le obedecerán en lo que él disponga como más conveniente. 6Sin embargo, así como lo que corresponde a los discípulos es obedecer al maestro, de la misma manera conviene que éste decida todas las cosas con prudencia y sentido de la justicia. 7Por tanto, sigan todos la regla, como maestra en todo y nadie se desvíe de ella temerariamente. 8Nadie se deje conducir en el monasterio por la voluntad de su propio corazón, 9ni nadie se atreva a discutir con su abad desvergonzadamente o fuera del monasterio. 10Y, si alguien se tomara esa libertad, sea sometido a la disciplina regular. 11El abad, por su parte, actuará siempre movido por el temor de Dios y ateniéndose a la observancia de la regla, con una conciencia muy clara de que deberá rendir cuentas a Dios, juez rectísimo, de todas sus determinaciones. 12Pero, cuando se trate de asuntos menos transcendentes, será suficiente que consulte solamente a los monjes más ancianos, 13conforme está escrito: «Hazlo todo con consejo, y, después de hecho, no te arrepentirás».

El abad necesita el consejo en asunto referentes a toda la comunidad, o a algunos hermanos. Por un lado san Benito recomienda una medida prudente que implica no tomar las decisiones de una manera inmediata ni precipitada, y por otro lado da al abad la oportunidad de compartir y en cierta manera descargarse parte de su conciencia en otros hermanos. Escuchar consejo nos dice san Benito que no  implica el que el abad no haya de hacer lo que crea más conveniente, con equidad, justicia y temor de Dios; evidentemente la posibilidad de equivocarse siempre existe.  Si san Benito pide a todos el obedecer, para el abad escuchar el parecer de algunos o de muchos puede ayudarle a discernir el camino correcto.

Siempre pueden surgir situaciones no fáciles, en las cuales conviene tener los elementos de juicio necesarios, teniendo en cuenta que si hay un monje implicado a menudo no es él quien lo comunica, sino que puede tener la tentación de ocultarlo. A quien el abad pide consejo ha de conocer los hechos concretos y no meras intuiciones, para poder dar una opinión; en general el abad pide la opinión del consejo, aunque en ocasiones puede pedir la opinión a otro hermano. Es preciso tener presente que todo lo que se dice o se habla en el consejo del abad no puede ser revelado o comentado por sus miembros a nadie, lo cual sería una falta grave, como lo es divulgar lo que se habla o decide en un capítulo comunitario. Alguien se podría preguntar por qué no se trata todo en un capítulo comunitario; en ocasiones hay temas que afectan a un miembro concreto de la comunidad y una divulgación mayor podría tener una repercusión en la relación comunitario que no sería conveniente o útil.  Otro caso sería una falta concreta que se fuera repitiendo o fuera grave, como para ir contra la comunidad, lo cual ya implica unas medidas concretas en las Constituciones, de una aplicación necesaria si viene al caso.

En el consejo, los consejeros expresan su opinión y esto permite al abad tener una idea de diversas posibles actuaciones. A menudo se produce lo que viene a una tempestad de ideas, de las que va fraguando una reflexión entre todos. El consejo del abad es mucha ayuda y conviene ir avanzando, para que los capítulos comunitarios vengan a ser un lugar de intercambio de opiniones que nos `permitan reflexionar en común. El capítulo comunitario no ha de funcionar como un parlamento donde se presentan proposiciones y se votan después de un debate, sino más bien como un espacio de diálogo donde se hablen los temas concretos del día a día ciertamente, pero también de temas de fondo, como un trabajo comunitario por ejemplo, las horas de plegaria….
Vuestras aportaciones para el Sínodo de la Orden me han servido para concienciarme que podemos mejorar la vida comunitaria: lectio, trabajo, silencio, compartir actividades… En cierta manera esta dinámica de diálogo y debate, que ha de existir realmente, se ha perdido y valdría la pena recuperarla, aunque no es algo fácil, y nos exige a todos un trabajo y madurez comunitaria y personal. Uno de los temas comunitarios pendiente de hablar entre todos es el del trabajo que debemos afrontar en los próximos meses, ahora que los estudiantes están finalizando sus estudios.

San Benito nos muestra que el límite de la actuación tolerable de un monje es no seguir nuestro propio deseo. Cuando caemos en la tentación de no seguir el horario de la vida comunitaria, de no dedicar un tiempo determinado a la plegaria, al contacto con la Palabra y al trabajo, corremos el riesgo de caer en una crisis espiritual de efectos imprevisibles. Un riesgo tanto más elevado cuanto más se prolongue en el tiempo y no volvamos al cumplimiento de nuestras obligaciones. Puede suceder incluso que en la tarea que se nos hubiese encomendado de haber creado una dinámica en provecho propio, que al practicarla habitualmente nos parezca ya normal y no queramos perderla.

“Que ninguno su propio deseo”, nos dice claramente. Es la frase central del capítulo. Ni el abad ni los monjes han de seguir su propia voluntad. A menudo sucede que  los superiores no hacen aquello que desearían hacer, o que les sería más tranquilo o cómodo, sino aquello que creen que han de hacer en cada momento, por modesto y doloroso que sea, y dirigido siempre al bien de toda la comunidad, y no al suyo, o al de algún miembro en contra de los demás, y no olvidamos en cada momento que la posibilidad de equivocarse está siempre presente.

San Benito prevé el consejo en dos situaciones diferentes: cuestiones muy importantes y cuestiones menos importantes. En las primeras toda la comunidad ha de estar convocada; en las otras es suficiente con el consejo de los ancianos. Evidentemente, la determinación de qué es más importante, o menos sale de un juicio subjetivo. Es cierto también que el Derecho Canónico o las Constituciones de la Orden, sobre la base de una experiencia secular han determinado un cierto número de decisiones que el abad no puede tomar sin escuchar el parecer de la Comunidad o de su consejo, y otras no puede tomarlas sin haber recibido el consentimiento de uno del otro, según los casos. Además de estos casos, no tan frecuentes, puede consultar siempre a todos o a algunos hermanos en particular, según la naturaleza de las decisiones a tomar.

El abad por un lado lo ha de hacer todo con consejo, y por otra parte con temor de Dios, en el respeto a la Regla, sabiendo que ha de dar cuenta a Dios de sus decisiones, y que no ha de permitir que cada uno siga su propio deseo, ni debe disimular los pecados, sino arrancarlos nada más aparezcan e intentar arrancarlos de raíz. La responsabilidad del abad es la de proteger a la comunidad contra las iniciativas personales de uno u otro hermano, que sigue su propia voluntad, incluso en contra de la comunidad y perjudicándola.

Podemos leer también este capítulo que ninguno se atreva a disputar con el abad, ni dentro ni fuera del monasterio.  El mal de la murmuración, al que alude varias veces, es uno de los riesgos mayores de nuestra vida. Nos cuesta muy poco agarrar el teléfono y comenzar a quejarnos con la gente de fuera sobre cosas de nuestra vida que no nos agradan, o explicar nuestra vida comunitaria, que no viene a cuento para nada. Todo esto es el mal de la murmuración del que nunca nos acabamos de librar, y que hace mucho daño a la vida comunitaria. Detrás de una murmuración están los celos, la envidia… que dividen a la comunidad, la destruyen, y son las armas del diablo, como dice el papa Francisco. San Agustín hizo inscribir en el refectorio de su comunidad: que aquí nadie murmure del que está ausente; quien piense eso que procure ausentarse de la mesa”.  Para tenerlo presente estas vacaciones, y siempre.