domingo, 15 de octubre de 2017

CAPÍTULO 7,51-54 LA HUMILDAD



CAPÍTULO 7 LA HUMILDAD

RB 7,51-54

El séptimo grado de humildad es que, no contento con reconocerse de palabra como el último y más despreciable de todos, lo crea también así en el fondo de su corazón, 52humillándose y diciendo como el profeta: «Yo soy un gusano, no un hombre; la vergüenza de la gente, el desprecio del pueblo». 53«Me he ensalzado, y por eso me veo humillado y abatido». 54Y también: «Bien me está que me hayas humillado, para que aprenda tus justísimos preceptos”.

La humildad es una virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades, y en obrar de acuerdo con este conocimiento. La humillación puede ser definida como el abatimiento del orgullo y altivez, y pasar por una situación en la cual la dignidad sufra un menoscabo.

San Benito nos propone en este grado 7 de la humildad que pasemos a la acción. Ser humillado no quiere decir necesariamente humildad. Muchas personas ven en el mundo como se humilla su dignidad humana, también muchos colectivos e incluso pueblos. Unos soportan con paciencia; otros incluso con alegría; otro con desesperación. Lo que san Benito nos propone no es la humillación por la humillación, sino la humillación que se transforma en humildad.

Escuchábamos estos días, en la lectura de la cena, a Mariano Sedano que nos decía: “el proceso de purificación es necesario, pero no es la simple purificación lo que hace puro al hombre. Lo que le hace puro nos es aquello de los que se limpia o vacía, sino aquello de lo que se llena: la plenitud de la gracia y la inhabitación del Espíritu Santo”.

La humildad como concepto se transforma en acción humillándonos. No es fácil llegar a entender que humillarnos, sentirnos humillados, sea un bien que nos permite aprender de los mandamientos del Señor, diciendo con el Apóstol: “cuando soy débil, es cuando soy realmente fuerte” (2Cor 12,10).

Buscando el sentido de la Escritura, san Benito, como también san Bernardo, nos proponen el modelo de Cristo: Era la fiesta de Pascua, cuando Jesús sabía que había llegado su hora, la de pasar de este mundo al Padre; entonces, Él que había amado a los suyos que estaban en el mundo lo amó hasta el extremo, y mientras cenaban se levantó de la mesa, se quitó el manto, se ciñó una toalla, y poniendo agua en un recipiente se puso a lavar los pies a sus discípulos y enjugarlos con la toalla que llevaba ceñida. Nos lo relata san Juan (cfr Jn 13,1-10). Jesús, el Señor, nos muestra la humildad, cuando siendo Hijo de Dios, se inclina (cfr Sal 10,10) delante de los discípulos. Poco después de la cena, al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, donde solía acudir, Jesús ora al Padre con la humildad de hijo. Son dos momentos claves de la Pasión del Señor que preparan la escena de la humillación suprema en la crucifixión.

Leemos en el libro del Eclesiástico que “a veces la gloria humilla, pero en otras la humillación se convierte en honor” (Eclo 20,11). Humillándose en la cruz, Cristo es glorificado y nos muestra el camino de la gloria que es la resurrección, la victoria sobre la muerte, aquella vida donde no hay otra humillación sino la alegría de sentirse cerca de Dios.

Hay una humildad que es la que engendra en nosotros la verdad y que tiene déficit de calor, de fuerza. En cambio, hay otra humildad que engendra la caridad. La primera nace del intelecto, la segunda del corazón. Nos lo explica san Bernardo cuando dice que solo la humildad que nace de la caridad, sigue los pasos de Cristo.

Es preciso ir un poco más allá del lenguaje de este grado 7 de humildad, para encontrarnos con su belleza espiritual. Para entenderlo hemos de tener en cuenta el objetivo que se persigue, que es nuestra transformación gradual en la imagen de Cristo, pues antes del Cristo glorioso de la resurrección, es preciso contemplar el sufrimiento de Cristo en la cruz. San Benito nos invita a los monjes a liberarnos de nosotros mismos para llegar a la plena madurez espiritual y humana, y estar en silencio delante de Dios tal como somos, con nuestras debilidades, ciertamente, pero también con nuestra dignidad de hijos de Dios, y la alegría de ser recibidos como el hijo pródigo, en los brazos del Padre. Aceptarnos humildemente como somos, con nuestras cualidades y limitaciones, es el primer paso en cualquier proceso decrecimiento humano y espiritual. En la vida de cualquier persona, después de todas las ilusiones que son propias de la adolescencia, una adolescencia que nos puede durar mucho tiempo, incluso, en algunos casos, toda la vida, llega un determinado momento en que tenemos que adquirir un claro sentido de la identidad de nuestras propias limitaciones delante de Dios y de los hombres.

Podemos llegar gradualmente, o bien a través de una conversión radical que puede ser, por ejemplo, en el momento en que aceptamos un error grave, un fallo reconocido y asumido, una enfermedad grave, un contratiempo duro. En cualquier caso, es preciso asumir nuestra propia realidad y empezar con simplicidad, sin una falsa humildad, sirviendo a Dios y a los demás, sin caer en un pozo de desilusiones y frustradas ambiciones. Mientras no nos aceptemos humildemente como somos, será difícil que aceptemos que no somos toda la realidad, que somos solo una parte, y que la fe consiste en ver y escuchar la realidad como expresión de la voz de Dios. La conversión que nos pide san Benito es superar actitudes infantiles de una vida centrada en nosotros mismos, para evadirnos de la fácil tentación de imputar la culpa a los otros de nuestros errores. Nos pide no depender de la apreciación de los otros, que nos lleva, alternativamente, de la euforia a la depresión, pero tomando conciencia de nuestras propias deficiencias, sin exagerarlas ni minimizarlas, y siempre en el camino de la conversión, no por obstinación, sino con una actitud de confianza humilde y fuerte.

No nos veamos a nosotros mismos como el centro del mundo, sino veamos la posibilidad, el regalo de participar en el misterio de amor de Dios. Cuando no hacemos este camino de conversión, todo se hace más difícil y pesado. Nos creamos un vacío emocional y una necesidad de reconocimiento, de privilegios, de demostración de confianza por parte de los otros, y, como consecuencia, nos viene una sensación de fracaso y de ser tratados injustamente por nuestros hermanos. La simple aceptación de nuestra realidad personal, con sus talentos y limitaciones, no solo nos dará una gran libertad interior, sino que nos ayudará a servir a la comunidad con aquel buen celo del que nos habla san Benito en el capítulo 72 de la Regla.

Necesitamos, por lo menos. Vivir una parte de este 7 grado de la humildad para poder practicar el buen celo y no anteponer nada a Cristo (RB 72,11)

domingo, 8 de octubre de 2017

CAPÍTULO 7, 1-9 LA HUMILDAD



CAPÍTULO 7, 1-9

LA HUMILDAD

La divina Escritura, hermanos, nos dice a gritos: «Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado». 2Con estas palabras nos muestra que toda exaltación de sí mismo es una forma de soberbia. 3El profeta nos indica que él la evitaba cuando nos dice: «Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad». 4Pero ¿qué pasará «si no he sentido humildemente de mí mismo, si se ha ensoberbecido mi alma? Tratarás a mi alma como al niño recién destetado, que está penando en los brazos de su madre». 5Por tanto, hermanos, si es que deseamos ascender velozmente a la cumbre de la más alta humildad y queremos llegar a la exaltación celestial a la que se sube a través de la humildad en la vida presente, 6hemos de levantar con los escalones de nuestras obras aquella misma escala que se le apareció en sueños a Jacob, sobre la cual contempló a los ángeles que bajaban y subían. 7Indudablemente, a nuestro entender, no significa otra cosa ese bajar y subir sino que por la altivez se baja y por la humildad se sube. 8La escala erigida representa nuestra vida en este mundo. Pues, cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo. 9Los dos largueros de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, en los cuales la vocación divina ha hecho encajar los diversos peldaños de la humildad y de la observancia para subir por ellos.

San Benito entiende la vida espiritual del monje como un camino no fácil, y en ocasiones pesado, un camino como un arte espiritual. En este capítulo, nos presenta cómo lo hemos de recorrer individualmente. La humildad, la misma palabra o el mismo concepto nos puede resultar incómodo. Parece como si estas palabras nos invitaran al pesimismo.

¿Cuál es el punto de partida de este camino?, ¿de dónde ha de partir el monje?, ¿de dónde parte san Benito?

De la Escritura, que nos dice que toda exaltación por parte nuestra es una forma de orgullo. Porque la humidad que san Benito nos pide es la humildad del corazón, que debe partir de la humildad de nuestros pensamientos.

Una frase atribuida a Gandhi dice: “Vigila tus pensamientos, que vendrán a ser palabras; vigila tus palabras, que vendrán a ser actos; vigila tus actos, que se volverán costumbres; vigila tus costumbres que configuraran tu carácter; vigila tu carácter porque va perfilando tu destino. Acabamos por ser lo que pensamos”.

Por la exaltación se baja, y por la humildad se sube. San Benito nos presenta el camino de la vida como una escala por donde bajamos o subimos, como la escala de Jacob que se elevaba al cielo. Huyendo de Esaú, su hermano, Jacob en pleno desierto y soñando vio una escala que iba desde la tierra al cielo. Los ángeles de Dios subían y bajaban, y en lo alto estaba Dios, y todo ello hizo exclamar a Jacob: “¡qué sagrado es este lugar”! Es la casa de Dios y lleva al cielo” (Gen 28,17)
En la Escritura la humildad es ante todo una actitud que pone en relación con Dios y con los hombres. Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. Y los humildes son los que confían en Dios; solo es él quien ensalza y quien da la paz, que vino al mundo mediante Jesús, el Hijo de Dios que bajó en la escala para descender del cielo a la tierra. Cuántas veces sucede que en los lugares más deprimidos de la tierra o en la ciudades un misionero o un catequista, por ejemplo, que predicaron la buena nueva o hicieron algún servicio, descubren que son los pobres quienes, realmente, les dan más a ellos. Porque viven con otros valores diferentes a los nuestros, más auténticos. Quizás su visión del mundo sea más concreta y primaria, más una visión más humana, porque no pueden pretender grandes cosas, sino sobrevivir. Pero son capaces de compartir casi hasta lo que no tienen, y pueden transmitir una alegría que nos desconcierta. Esta es la humildad de corazón de la que nos habla el Evangelio, generosa, libre, desinteresada. 

San Benito aleccionado por la Escritura nos presenta la escala de Jacob como la imagen de la contemplación, un camino espiritual, una ascensión hacia Dios. Pero ¿cuál es el mejor camino para lograr una verdadera humildad?  Podemos leer mucho sobre la humildad;  podemos hacer cosas reconocidas como humildes por los demás, pero al final, lo que verdaderamente nos hace humildes es acoger aquello que no buscamos, aquello que no pretendíamos, que ni llega a ser significativo material, intelectual o espiritualmente. La humildad es una actitud del corazón que comienza en el Evangelio: La divina Escritura no solo nos habla, sino que nos hace sentir el grito: “Todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido” (Lc 14,11) Esta frase es el colofón de una parábola en la que Jesús explica como unos convidados buscaban el primer puesto. El Evangelio no nos dice con exactitud a qué estaban convidados, pero la parábola con la que Jesús ilumina su enseñanza nos habla de un banquete de bodas. Bodas y banquete tiene n una clara dimensión escatológica. Todos somos convidados al desposorio definitivo y al banquete del Reino. Pero acudimos por invitación. Necesitamos recibir la invitación, no la podemos comprar. De aquí la frase de Jesús como un aviso: por la humildad subimos mientras que por la soberbia bajamos. Una nos vacía y nos permite recibir la Palabra de Dios; la otra nos hace sentir a gusto, creyéndonos ricos cuando en realidad estamos desnudos, porque lo que creemos tener en realidad no es nuestro y nuestra ceguera nos cierra el paso a Dios. La primera nos descubre lo que somos, invitándonos a ser lo que estamos llamados a ser. La segunda nos hacer creer que somos ya lo que hemos de ser y así nos cierra el camino para lograrlo.

Confundir la semilla y el fruto es confundir lo que somos realmente con la dignidad que recibimos, y que un día solo será satisfecha si así lo quiere Dios. La semilla no es más que un grano, con capacidad en su interior de llegar a ser un bello árbol, pero, en resumidas cuentas, semilla.  Reconocer eso, lejos de menospreciar nuestra condición humana nos hace más receptivos a la acción de Dios. El creernos llegados a la meta nos incapacita para tener una actitud receptiva a la acción de Dios, que supone la soberbia. La escala tiene muchos peldaños que es preciso ir subiendo lentamente. La escala indica ya un camino lento, pesado y continuo. San Benito nos habla de 12 peldaños de humildad, porque toda escala, como todo edificio tiene su orden. Los elementos inferiores han de ser más sólidos, porque sostienen todo el edificio. En la construcción de esta escala de la humildad san Benito nos pone como primer grado el temor de Dios, el caminar siempre en su presencia, fundamento de toda vida interior. El temor filial de Dios que no es un temor de esclavo delante del amo, sino reconocimiento de su presencia en nuestra vida, que nos orienta desde él y hacia él con la dificultad de descubrir su presencia y percibir lo que el Espíritu quiere suscitar en nosotros.

Solamente aquel que primero se encuentra a sí mismo encontrará a Dios; sin este encuentro solo encontraremos nuestras proyecciones, pero no el Dios verdadero, no encontraremos a Dios sino las imágenes de Dios que nos hacemos, un dios a nuestra medida que no es Dios. Solo de camino hacia Dios subiendo la escala, grado tras grado descubrimos nuestros fallos, pasiones, peligros, necesidades y emociones, y es entonces cuando al fina al de todo podemos encontrar a Dios.


domingo, 1 de octubre de 2017

CAPÍTULO 2 CÓMO HA DE SER EL ABAD



CAPÍTULO 2

CÓMO HA DE SER EL ABAD

RB 2, 11-22

Por tanto, cuando alguien acepta el título de abad, debe enseñar a sus discípulos de dos maneras; 12queremos decir que mostrará todo lo que es recto y santo mas a través de su manera personal de proceder que con sus palabras. De modo que a los discípulos capaces les propondrá los preceptos del Señor con sus palabras, pero a los duros de corazón y a los simples les hará descubrir los mandamientos divinos en lo conducta del mismo abad. 13Y a la inversa, cuanto indique a sus discípulos que es nocivo para sus almas, muéstrelo con su conducta que no deben hacerlo, «no sea que, después de haber predicado a otros, resulte que el mismo se condene». 14Y que, asimismo, un día Dios tenga que decirle a causa de sus pecados «¿Por qué recitas mis preceptos y tienes siempre en lo boca mi alianza, tú que detestas mi corrección y te echas, a lo espalda mis mandatos?» 15Y también: «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? » 16No haga en el monasterio discriminación de personas. 17 No amará más a uno que a otro, de no ser al que hallare mejor en las buenas obras y en la obediencia. 18Si uno que ha sido esclavo entra en el monasterio, no sea pospuesto ante el que ha sido libre, de no mediar otra causa razonable. 19Mas cuando, por exigirlo así la justicia, crea el abad que debe proceder de otra manera, aplique el mismo criterio con cualquier otra clase de rango. Pero, si no, conserven todos la precedencia que les corresponde, 20porque «tanto esclavos como libres, todos somos en Cristo una sola cosa» y bajo un mismo Señor todos cumplimos un mismo servicio, «pues Dios no tiene favoritismos». 21Lo único que ante él nos diferencia es que nos encuentre mejores que los demás en buenas obras y en humildad. 22Tenga, por tanto, igual caridad para con todos y a todos aplique la misma norma según los méritos de cada cual.

Cuando alguno acepta el nombre de abad acepta también la enorme dificultad de la salvación de su alma, porque de su doctrina, y de la obediencia de los discípulos, de ambas cosas, se le examinará en el terrible juicio de Dios. Se imputará a culpa del pastor todo lo que el cabeza de la casa haya hecho de menos en el cuidado de las ovejas. No será juzgado solo por sus obras y omisiones, lo cual ya sería bastante, sino por aquello que la comunidad haya hecho o dejado de hacer. “Ahí es nada”, dicen en Castilla.

Para caracterizar la tarea del abad san Benito emplea tres ideas: el nombre con el que le nombra, lo que dice, y lo que hace. El nombre, la palabra, y los hechos, han de tener una coherencia, pues hay un elevado riesgo en la hipocresía, en la incoherencia y en la mentira.
¿Quién de nosotros puede pretender no haber merecido nunca una reprimenda?, ¿quién no quiere salvar una coherencia de fachada?, ¿quién no corre el riesgo de caer en el fariseísmo? Un fariseísmo no arraigado en Dios, sino en nuestro egoísmo.

San Agustín escribe en  “La ciudad de Dios” que “el amor a ti mismo es un menosprecio del amor de Dios.

San Benito nos pone a todos, abad y monjes, en una situación incómoda, que a veces hace enrojecer, porque solamente hay una manera de ser fieles a Cristo, y es que, siempre, tanto el monje como el abad, debemos recordar el nombre que llevamos, nuestros votos, nuestro compromiso, y de esta manera nuestra vida ha de corresponder a quien nos llamó. La coherencia a la que nos invita san Benito no es una perfección de fachada, sino un deseo de perfección, de seguir a Cristo, a pesar de nosotros mismos, de nuestras miserias y debilidades, de nuestros defectos de fábrica. De los monjes, del abad, no se ha de esperar que seamos perfectos, sino que reconozcamos nuestras debilidades, y que busquemos avanzar en el progreso espiritual. Así debemos entender nuestro voto de conversión de costumbres.

San Benito también pide al abad que no se deje llevar por sus sentimientos en la afectividad. Lo que debe contar para él no es la simpatía o antipatía, por uno u otro hermano sino la manera de vivir que tienen. No cuenta si conoce a uno u a otro hace tantos años, sino valorar aquel a quien encuentra mejor a través de sus actos y de la obediencia, aquel a quien encuentra humilde y mejor en sus obras. Obediencia y humildad son dos virtudes, dos ejes básicos que san Benito considera násicos en la vida del monje. El abad no hace lo que le viene de gusto, lo más cómodo, que le puede suponer simpatías o más tranquilidad, sino aquello que debe hacer, aunque también con este criterio de puede equivocar.

Esta conversión de la afectividad, san Benito no la pide solo al abad, sino a cada monje. Lo que ha de guiarnos en la vida monástica no son las alabanzas o sentimientos de complacencia, o, hablando claramente, de animadversión o desprecio a alguien; sino el gusto por el bien, la belleza de una vida transfigurada por la búsqueda de Dios. Estamos lejos de este horizonte, pues esta conversión en el amor no es nada fácil.

El mundo de los sentimientos, de las emociones, es uno de los secretos más misteriosos de la naturaleza humana. Una de las grandes luchas del abad, de los monjes está en alejar toda hostilidad, todo amor mal entendido del corazón humano. Solamente podemos alcanzarlo dejándonos interpelar por la Palabra de Dios, en donde siempre encontramos luz y ayuda.

Cuando alguno acepta el nombre de abad, se le debería explicar bien que estará todo el día, y también la noche de algún monje insomne, expuesto a la crítica. Pues siempre a los ojos de alguien el abad es injusto, actúa arbitrariamente, no escucha o pregunta demasiado, “pasa de todo” o “lo quiere controlar todo…” y tantas otras cosas que se le pueden atribuir en un sentido o en otro. Siempre hay motivos para criticar, es decir para murmurar, de los superiores que sean. Esto nos hace ver que no todo es malo en todos y siempre, sino que es “según el color del cristal con que se mira”. Si tenemos los ojos del corazón sucios, siempre lo veremos negro.

San Benito nos dice que el abad ha reprender, exhortar, amenazar. No son palabras fáciles, se ha combinar los momentos de dulzura y de rigor; de severidad y de bondad; siendo maestro y padre duro con los indisciplinados e inquietos; exhortar a los pacíficos y sufridos, para que progresen más; castigar o amenazar a los negligentes. No puede disimular los pecados de quienes faltan, sino que en cuanto apuntan extirparlos de raíz. Si a los espíritus delicados e inteligentes ha de corregirlos con la palabra, a los obstinados, orgullosos y desobedientes, a los contumaces, reprimir, porque el necio no le basta la palabra.

Nuestra sociedad, escribe la abadesa M. del Mar Albajar, vive un momento convulso y pendular, y la verdadera autoridad nace del coraje de reconocer y aceptar la propia verdad, la de todos y cada uno de nosotros. Un camino largo, con frecuencia duro, ya que hoy la vida comunitaria puede parecer como algo utópico, superficial, aparente, detrás de la cual hay una suma de pequeñas conquistas personales o de exclusivismos excluyentes. Como escribe el Obispo de Vic en su última carta pastoral, citando a san Agustín:  los buenos pastores salen de entre las buenas ovejas”.

Es ante esta realidad que el abad, pobre hombre, como cualquier otro, pobre monje, pobre cristiano, que hace su camino con la mochila bien cargada de sus propios y numerosos defectos, ha de aplicar a todos una misma norma, pero según los méritos de cada uno, y de lo cual el Señor le pedirá cuentas. Nosotros como el segundo hijo del Evangelio d hoy, hemos dicho al Señor que vamos a la viña, tenemos a san Benito como un nuevo Juan, con la misión de enseñarnos el buen camino. No dejemos de ir a la viña, esforcémonos todos, pues nadie va escaparse de rendir cuentas al Señor, y el abad menos que ninguno.








domingo, 24 de septiembre de 2017

CAPÍTULO 73 NO QUEDA PRESCRITA EN ESTA REGLA TODA LA PRACTICA DE LA PERFECCIÓN.

CAPÍTULO 73

NO QUEDA PRESCRITA EN ESTA REGLA TODA LA PRACTICA DE LA PERFECCIÓN.

Hemos esbozado esta regla para que, observándola en los monasterios, demos pruebas, al menos, de alguna honestidad de costumbres o de un principio de vida monástica. 2 Mas el que tenga prisa por llegar a una perfección de vida, tiene a su disposición las enseñanzas de los Santos Padres, que, si se ponen en práctica, llevan al hombre hasta la perfección. 3 Porque efectivamente, ¿hay alguna página o palabra inspirada por Dios en el Antiguo o en el Nuevo Testamento que no sea una norma rectísima para la vida del hombre? 4 ¿O es que hay algún libro de los Santos Padres católicos que no nos repita constantemente que vayamos por el camino recto hacia el Creador? 5 Ahí están las Colaciones de los Padres, sus Instituciones y Vidas, y también la Regla de nuestro Padre San Basilio. 6 ¿Qué otra cosa son sino medios para llegar a la virtud de los monjes obedientes y de vida santa? 7 Mas para nosotros, que somos perezosos, relajados y negligentes, son un motivo de vergüenza y confusión. 8 Tú, pues, quienquiera que seas, que te apresuras por llegar a la patria celestial, cumple, con la ayuda de Cristo, esta mínima regla de iniciación que hemos bosquejado, 9 y así llegarás finalmente,  con la protección de Dios, a las cumbres más altas de doctrina y virtudes que acabamos de recordar. Amén.

Acaba la Regla y comienza nuestra responsabilidad para vivirla. San Benito nos da una serie de consejos para alcanzar una honestidad de costumbres y un comienzo de vida. Siempre seremos aprendices, pues para eso estamos en la escuela, en la Escuela del Servicio Divino. Cada uno de nosotros somos este “tu” a quien habla san Benito; venimos al monasterio para esforzarnos en llegar a la patria celestial, cumpliendo con la ayuda de Cristo esta mínima Regla que san Benito ha redactado como un comienzo. Es preciso ponerse en camino y no dejar de caminar, para poder llegar, con la protección de Dios, a las cumbres más elevadas de doctrina y de virtudes que nos recuerda san Benito.

Llegados al final del texto de esta lectura que hacemos en comunidad cuatro veces al año, y que al escucharla nos hace enrojecer de vergüenza en ocasiones, cuando somos conscientes de nuestra negligencia en su cumplimiento. ¡Y solo es un comienzo de vida monástica!

San Benito nos conoce mejor que nosotros mismos; nos sabe perezosos, negligentes, que la vivimos mal, que somos motivo de confusión y vergüenza para otros. Nos conoce como el Apóstol cuando dice: “os he dado leche, y no comida sólida, porque no la habríais podido asimilar. De hecho, tampoco ahora podéis” (1Co 3,2)

La Regla es como la leche para el niño, porque hay un manjar sólido, anuncia san Benito, que no podemos deglutir, un camino superior para llegar a la perfección de la vida monástica que cuesta asimilar, y que nos enseñan los Santos Padres católicos, las  Colaciones y las instituciones. San Benito se refiere a Casiano, aunque no lo nombre, la Regla de san Basilio y por encima de todo la Sagrada Escritura, norma rectísima de vida humana, en cada una de sus palabras y de sus páginas.  Solamente para la Escritura emplea san Benito la palabra norma, y habla como una norma perfecta de vida humana. No solo de vida monástica o cristiana sino de la misma vida humana. Lo escuchábamos en la lectura del texto del P. Lorenzo Maté, abad de Silos, durante la cena: “La regla se reconoce como una mínima regla de iniciación (RB 73,8), es decir un manual para principiantes, pero que tiende a formar personas avanzadas y perfectas, y asegurar a los discípulos la entrada en la vida teórica, es decir, en la contemplación divina”.

Algunos atribuyen la frase a san Buenaventura, otros a una antigua canción medieval, aquella que nos dice: Bernardus valles, montes Benedictinus amabat. La podríamos aplicar en otro sentido figurado. Los primeros cistercienses al buscar más austeridad y un programa espiritual más equilibrado, empezaron a hablar de la pureza de la Regla, de ser fieles al espíritu de la Regla, de bajar de la montaña del idealismo al plano de la vida de cada día. Pues la Regla tiene dos aspectos fundamentales: por una parte, la letra, las prescripciones detalladas, y, por otra, el espíritu, los valores evangélicos que recoge, ya que a lo largo de todo el texto se hace evidente el profundo conocimiento de la Escritura por parte de san Benito, y que es su constante y verdadera fuente de inspiración. El espíritu de la Regla es en último término la acción del Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros, y debemos reconocer que el Espíritu tiene trabajo en nuestras vidas para poder actuar.

Escuchábamos ayer en la cena que nos decía el P. Lorenzo Maté: “la contemplación de grandes personajes espirituales como Bernardo de Claravall, Guillermo de Saint Thierry, Guerric de Igny y muchos otros es la consecuencia lógica de la observancia rigurosa de las prácticas de la Regla; y, a la vez la contemplación se sitúa en la Regla, prolongándola y cumpliéndola, algo semejante como sucede con el Nuevo Testamento que prolonga y lleva a término el Antiguo.

San Benito nos ofrece un programa de vida coherente y sociológicamente verificable, caracterizado por un triple camino: las observancias monásticas de la plegaria y el trabajo, la disciplina mental de la lectio divina y la humildad de corazón. Todo lo demás, como el servicio abacial, el noviciado o los diversos oficios y normas para la vida diaria, son consecuencia y están al servicio de estas disciplinas fundamentales. La Regla no es un código legal cerrado, ni un documento simplemente exhortativo. Es un texto que nos pide una constante fidelidad a su espíritu, nos pide crecer, discernir, avanzar, aprender. El monaquismo benedictino y cisterciense, de entre los valores contenidos en el Evangelio hay algunos a los que se presta una atención especial y que definen la vida del monje como un camino particular de vida cristiana. Por esto, nuestra vida no debe ser solamente una buena observancia, sino también una conversión total a Cristo, una tarea de cada día. Escribía san Bernardo a los monjes de Aulps: “Obrar bien y considerarse como inútiles… para mí esta virtud vale más que todos los largos ayunos, las vigilias nocturnas y cualquier otro ejercicio corporal”.

En este capítulo, san Benito resume muy bien su concepción de la vida monástica. Para él no consiste en observar unas normas y practicar unos ejercicios ascéticos, sino que nos lancemos a recorrer con toda energía hacia el objetivo de la vida cristiana, que es la perfección de la caridad. La Regla no tiene otro propósito que proporcionar orientación para este viaje. Con una simplicidad y una sinceridad que no es una falsa humildad. San Benito nos dice que es una Regla de principiantes, pero no para unos principiantes cualquiera. Nos quiere principiantes con una actitud concreta y comprometida hacia la Regla, como expresión rica, equilibrada y adaptada de una tradición espiritual, que nunca puede ser reflejada en un texto, por fiel y rico que sea.

Este capítulo, que concluye la Regla, nos permite dar una ojeada global a como san Benito considera la vida monástica. En primer lugar, el monje ha de ser muy humano, equilibrado y desear vivir en plenitud. Hemos de ser de los que al sentir decir que Dios dice: “Quien es el hombre que estima la vida y desea ver días felices”, repongamos convencidos: “Yo” (Pro 15-16).  Y para alcanzar este objetivo tenemos fundamentalmente la Palabra. El monje es un hombre que por la Escritura recibe ahora y aquí, en la lectio divina y en la liturgia, la revelación y el mensaje de Cristo. Por lo tanto, somos unos cristianos que nos debemos esforzar por hallar en el Evangelio toda la enseñanza que necesitamos para vivir como monjes. La Regla de san Benito es una interpretación del Evangelio, marcada por la sabiduría y aplicada a un contexto cultural específico. Con ayuda de la Regla, hemos de volver constantemente siempre al Evangelio y, como san Benito, buscar, aquí y ahora, una actitud espiritual como la suya. Éste nuestro reto permanente como cristianos, como monjes, y como comunidad, como miembros del Orden y de la Iglesia.