domingo, 10 de diciembre de 2017

CAPÍTULO 56 LA MESA DEL ABAD



CAPÍTULO 56

LA MESA DEL ABAD

Los huéspedes y extranjeros comerán siempre en la mesa del abad. 2 Pero, cuando los huéspedes sean menos numerosos, está en su poder la facultad de llamar a los hermanos que desee. 3 Mas deje siempre con los hermanos uno o dos ancianos que mantengan la observancia.

En tiempos de san Benito el abad comía aparte, o bien con los huéspedes, o bien con alguno de los hermanos monjes. También aquí en Poblet, durante algún tiempo, en siglos pasados, el abad hacía vida aparte. En una época más cercana, los huéspedes comían en el calefactorio aparte, como todavía se hace en algunos monasterios. Quizás esta costumbre tuvo sentido en algún momento o en algún lugar, pero que el abad coma aparte no corresponde mucho con lo que tiene que ser la vida comunitaria, ni con la idea de que el abad no es sino un monje más.

No se trata que san Benito piensa que el abad ha de tener una mesa más digna que los demás, ni que sea una mesa especial para recibir a visitantes distinguidos; los comentaristas de la Regla ni siquiera están de acuerdo sobre el lugar concreto donde estaba esta mesa del abad. Para algunos era el mismo refectorio de la comunidad donde cada decano tenía su propia mesa; para otros estaba en un lugar separado. Hoy, en nuestro caso de sentarse al lado del abad, a excepción de algunos casos puntuales, como hacemos ahora, quizás supondría ponerlos en una situación de incomodidad, al hacerlos comer con más rapidez.

Pero el tema de fondo de este capítulo, como en otros en los que se habla de acogida, no está en dónde y cómo se ha poner la mesa, sino ver en los huéspedes al mismo Cristo.

Los monjes venimos al monasterio para responder a la llamada de Cristo que nos pide seguirlo en un camino concreto. Pero esto no es un rechazo del mundo, como se decía antes, ni una huida o un esconderse del resto de la sociedad, pues este mundo es el que Dios ha creado, lo ama y por él Cristo ha muerto, y somos parte de él.

Diversas circunstancias pueden llevar al monje a relacionarse con el exterior del monasterio, pero también las personas más diversas vienen desde fuera al monasterio.

San Benito habla de un principio espiritual básico: que los huéspedes y peregrinos se han de recibir como a Cristo, el cual nos dirá el día del juicio: “Yo era forastero y me recibisteis”.

Pero si se confía al abad que se preocupe de comer con los huéspedes, es porque, según la idea de san Benito, los que entramos en una comunidad monástica elegimos una vida de soledad para vivir en comunión con Dios y con los hermanos. La comunidad, por ser verdaderamente cristiana, ha de mantener vínculos de comunión con la Iglesia local, con la sociedad en general, y con los más desvalidos. Por lo tanto, para san Benito siempre hay unos vínculos con el mundo exterior, con las diversas personalidades religiosas y civiles, con los huéspedes, con los transeúntes. 

La relación con los huéspedes es un punto importante de nuestra vida, de nuestra proyección al exterior. Hace unos años ya que los huéspedes comen con la comunidad, que comparten con nosotros este momento de nuestra jornada. Una posibilidad de comer en silencio escuchando una lectura. Por esto es también muy importante que entren y salgan del refectorio, tal como lo hacemos nosotros, es decir en silencio, sin ser importunados, sin interferencias como decía una expresión de un predecesor mío de hace unos años, sin ser abordados por ningún monje, a excepción del hospedero, que lo hace puntualmente y si es necesario.

San Benito es muy claro en este aspecto, cuando dice “quien no tiene el mandato no se acerque de ninguna manera ni hable con los huéspedes; pero si los encuentra, una vez saludados humildemente… y después de pedirles la bendición, que pase de largo y les diga que no le está permitido hablar con los huéspedes”.

También nos lo ha recodado el Abad General en su Carta de visita, que la salida del refectorio se haga en silencio, y no se haga del claustro un lugar de tertulia, depende de nosotros. Mi predecesor instauró la costumbre de ser él último en salir para evitar este problema; personalmente creo que ya somos todos mayores para saber lo que tenemos que hacer, que escuchamos la Regla, la Carta de visita, pero aún añadiría, como nos dice san Benito que “con ello no queremos decir que se dejen crecer los vicios, sino extirparlos prudentemente y con caridad, según convenga a cada uno”. San Benito espera de los ancianos que ayuden a conservar el orden. Dios no quiera que sean ellos los que perturben el silencio o se junten con los huéspedes sin permiso. Espero de vuestra madurez que la relación con los huéspedes sea un punto importante de la imagen que se pueden llevar de la comunidad, si la descuidamos, damos la impresión de ser una comunidad que tiene interés en curiosidades y chismes.

La imagen de la comunidad es responsabilidad nuestra y que se transmite en nuestras relaciones con los demás. Así cuando nos comunicamos con personas del exterior hemos de tener presente siempre que somos monjes, y debemos actuar en consecuencia para evitar problemas que siempre nos llevan a situaciones equivocas. Tanto si enviamos cartas, correos electrónicos, si llamamos por teléfono o salimos a la plaza, si vamos al médico o a algún otro encargo, o si escribimos para determinado medio de comunicación, ciertamente lo hacemos a titulo particular, pero no debemos olvidar que nunca dejamos de ser monjes. Los tiempos han cambiado, no hace falta pedir el nihil obstat por ejemplo para escribir algo, pero debemos ser conscientes de la necesidad de una prudencia y responsabilidad, pues tenemos detrás una comunidad.

El justo respeto de la libertad individual de cada monje, como ciudadano que es, ha de tener también el equilibrio en el respeto de cada uno de nosotros, de la identidad colectiva de la comunidad. Sin comprometerse en posturas muy respetables y legítimas, pero concretas, que no representan a la comunidad, porque ésta no entra ni debe entrar en determinados temas. La relación con los huéspedes, con la sociedad que nos rodea y nos preocupa, y de la cual debemos preocuparnos fundamentalmente con la plegaria, no es fácil. Estamos en medio de una sociedad convulsa, y de un pueblo concreto, en una situación concreta y difícil, pero nuestro centro es Cristo mediante una vida de plegaria y trabajo, centrada en la Palabra de Dios. Este fundamento cristológico, esta centralidad en el Cristo no la debemos olvidar nunca y es la que debe guiar toda nuestra vida.

domingo, 3 de diciembre de 2017

CAPÍTULO 49 LA OBSERVANCIA DE LA CUARESMA



CAPÍTULO 49

LA OBSERVANCIA DE LA CUARESMA

Aunque de suyo la vida del monje debería ser en todo tiempo una observancia   que durante los días de cuaresma todos juntos lleven una vida íntegra en toda pureza 3 y que en estos días santos borren las negligencias del resto del año. 4 Lo cual cumpliremos dignamente si reprimimos todos los vicios y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia. 5 Por eso durante estos días impongámonos alguna cosa más a la tarea normal de nuestra servidumbre: oraciones especiales, abstinencia en la comida y en la bebida, 6 de suerte que cada uno, según su propia voluntad, ofrezca a Dios, con gozo del Espíritu Santo, algo por encima de la norma que se haya impuesto; 7 es decir, que norma que se haya impuesto; 7 es decir, que prive a su cuerpo algo de la comida, de la bebida, del sueño, de las conversaciones y bromas y espere la santa Pascua con el gozo de un anhelo espiritual. 8 Pero esto que cada uno ofrece debe proponérselo a su abad para hacerlo con la ayuda de su oración y su conformidad, 9 pues aquello que se realiza sin el beneplácito del padre espiritual será considerado como presunción y vanagloria e indigno de recompensa; 10 por eso, todo debe hacerse con el consentimiento del abad.

En todo tiempo deberíamos de responder a la observancia cuaresmal, pero nos falta fortaleza. Por ello san Benito nos invita a plantearnos de tiempo en tiempo el borrar las negligencias que hemos podido cometer, imponiéndonos alguna cosa más que lo de costumbre, para poder ofrecer algo a Dios por propia voluntad, no por imposición. No se trata, subraya san Benito, de hacer algo por presunción o por vanagloria; y para prevenir esto dice que lo debemos proponer y buscar la bendición y el consentimiento del Abad.

El objetivo es prepararse para vivir la Pascua con verdadera delicia espiritual.

Este capítulo nos sale al encuentro hoy, que empezamos el tiempo de Adviento, el tiempo de la esperanza, el principio del Año Litúrgico durante el cual recorremos toda la historia de la salvación.

Además, ha finalizado estos días la Visita Regular, que es un momento fuerte para la comunidad, y ocasión de hacer un balance de cómo vivimos nuestra vocación, personal y comunitariamente.

Coincidimos asimismo con el aniversario de la elección abacial que es, sobre todo para mí, un momento de agradecimiento a todos vosotros, y después personalmente de autocrítica, de reflexión y de análisis.

La Visita Regular ha sido un tiempo privilegiado para reflexionar sobre nuestro cumplimiento de la vocación monástica, y como la vivimos en comunidad. El objetivo de la Visita, tal como la plantearon los primeros padres cistercienses, es hacer un análisis de nuestra vida, descubrir donde fallamos y considerar como podemos mejorar, siempre con el objetivo de la delicia espiritual de la que nos habla san Benito, en camino hacia nuestra Pascua plena y definitiva. La rutina, la inercia, la falta de motivación pueden ponernos obstáculos en el camino, podemos tropezar, no llegar si queréis a caer, pero sí disminuir y hacer más pesado nuestro camino.

Los Visitadores, después de escucharnos, nos han dado unas pautas para caminar, no son unos deberes o retos, ni unas cargas, sino que quieren ser una orientación y ayuda para caminar.

Han hecho una especial mención acerca de como profundizar en la plegaria comunitaria, en la vida fraterna, es decir en el diálogo comunitario, en la paternidad y la filiación en cuanto se refiere al abad, y de manera especial en la centralidad de la Palabra de Dios y el trabajo en nuestras vidas.

Ahora nos toca a nosotros pensar, reflexionar, no anteponer nada a Cristo, no dejarnos arrastrar por la rutina o la comodidad de lo que hemos hecho siempre, sino que sin abandonar lo que hacemos bien, ir poniendo fundamentos para mejorar nuestra salud espiritual. Ahora es el tiempo de ir haciendo los cambios que necesitamos, sin miedo y poniendo nuestra mirada en el Señor.

San Benito nos indica hoy como hacerlo, siendo conscientes que el objetivo, al que nunca debemos renunciar, a pesar de nuestras debilidades, es guardar nuestra propia vida en toda su pureza, eliminando las negligencias y darnos a la plegaria y la lectura.

Al cumplirse dos años del servicio que me encomendasteis, al haber escuchado a través de la Carta de visita, el resumen de vuestras impresiones sobre nuestra vida, y especialmente sobre mi servicio abacial, quiero en primer lugar pedir perdón por mis deficiencias personales, tenidas por causa de mis errores de principiante y mi propia limitación personal. Siempre debemos mirar con una autocrítica constructiva nuestro servicio, y yo el primero. La Regla, ciertamente, es exigente con el abad, tanto que los objetivos que le pone al abad es una tarea sino imposible, sí muy difícil de llevar a término. Porque el abad, como persona, tiene momentos más o menos brillantes, otros oscuros o grises: hace o dice, o no dice o no hace, cosas que a unos agradan y a otros entristecen… Necesita, por tanto, la ayuda de Dios, en primer lugar, y también de toda la comunidad, pues todos hacemos y somos la comunidad. Todos somos responsables de ello. Cada vez que se encomienda a un monje una responsabilidad, ciertamente, se ha de sentir acompañado y valorado, pues a la vez adquiere una responsabilidad de servicio a la vista de todos. En cualquier servicio: cocina o enfermería, lavandería o portería… se le encarga un servicio puntual como responsable. Y en este contexto el abad es también un monje con un servicio concreto a llevar a cabo al servicio de todos los hermanos, que supone una gran exigencia y responsabilidad.

Decía san Bernardo en el texto que escogí para la estampa recordatorio de mi bendición: “por el hecho de ser abad no dejas de ser monje. La profesión hace al monje, la necesidad al abad. Y para que la necesidad no haga sombra a la profesión, que tu condición de abad se una, sin suplantarla, a tu condición de monje”.[1]

Resume la idea del servicio de abad que nos da san Benito, como un servicio necesario para la comunidad, que elige al que cree más adecuado para llevarlo a término, pero a la vez éste ha de ir aprendiendo a servir lo mejor que sepa a la comunidad, es decir al Señor, que está presente en cada uno de nosotros. Siempre teniendo presente que no deja de ser monje, sino al contrario, se le exige más en cuanto a la fidelidad a la vocación recibida, sin que le necesidad haga sombra a la profesión.

Agradeceros hoy, muy especialmente vuestro apoyo, vuestra paciencia y vuestra ayuda. Al iniciar hoy un nuevo Año Litúrgico y teniendo la Carta de los Visitadores como hoja de ruta, es un buen momento para aceptar, todos, la invitación de san Benito a guardar nuestra propia vida en la pureza que seamos capaces, alejando todas la negligencias, para poder esperar la santa Pascua con una alegría plena de delicia espiritual.


[1] San Bernat, De moribus et officio episcoporum tractatus seu epistola XIII ad Henricum Archiepiscopum Senonensem, IX,33

domingo, 26 de noviembre de 2017

CAPÍTULO 44 CÓMO HAN DE SATISFACER LOS EXCOMULGADOS



CAPÍTULO 44

CÓMO HAN DE SATISFACER LOS EXCOMULGADOS

El que haya sido excomulgado del oratorio y de la mesa común por faltas graves, a la hora en que se celebra la obra de Dios en el oratorio permanecerá postrado ante la puerta sin decir palabra, 2 limitándose a poner la cabeza pegada al suelo, echado a los pies de todos los que salen del oratorio. 3 Y así lo seguirá haciendo hasta que el abad juzgue que ya ha satisfecho suficientemente. 4 Y cuando el abad le ordene que debe comparecer, se arrojará a sus plantas, y luego a las de todos los monjes, para que oren por él. 5 Entonces, si el abad así lo dispone, se le admitirá en el coro, en el lugar que el mismo abad determine. 6 Pero no podrá recitar en el oratorio ningún salmo ni lectura o cualquier otra cosa mientras no se lo mande de nuevo el abad. 7 Y en todos los oficios, al terminar la obra de Dios, se postrará en el suelo en el mismo lugar donde está; 8 así hará satisfacción hasta que de nuevo le ordene el abad que cese ya en su satisfacción. 9 Los que por faltas leves son excomulgados solamente de la mesa, han de satisfacer en el oratorio hasta que reciban orden del abad. 10 Así lo seguirán haciendo hasta que les dé su bendición y les diga: «Bastante».

La exclusión significa que el lazo de confianza se ha roto; por este motivo hay que recuperarlo. San Benito pide, para conseguirlo, que haya una reparación, como condición fundamental, en toda verdadera relación, para restablecer la confianza. No se puede actuar como si no hubiera pasado nada, pues no sería respetuoso, ni con la persona ni con la comunidad que ha sido herida, ni con el hermano que ha cometido la falta. Si se multiplican este tipo de situaciones, lentamente toda la comunidad se debilitaría, pues la confianza es un aspecto fundamental en la relación comunitaria. Confianza y responsabilidad de cada uno en la parcela que le ha sido asignada y en lo que se le encomienda. Si se rompe la confianza por falta de responsabilidad, toda la comunidad se siente herida y se necesita tiempo para la cicatrización y la reparación.

Escribía san Juan Pablo II: 
“quien desee indagar el misterio del pecado no podrá dejar de considerar esta concatenación de causa y efecto. Como ruptura con Dios, el pecado es un acto de desobediencia de una criatura que, al menos implícitamente, rechaza a Aquel de quien va salir y que le mantiene en la vida. Es, por tanto, un acto suicida, ya que por el pecado se niega a someterse a Dios, su equilibrio interior se rompe y vienen a desarrollarse las contradicciones y conflictos en la vida. Roto de esta forma, el hombre provoca casi inevitablemente una ruptura en sus relaciones con los demás hombres y con el mundo creado. Es una ley y un hecho objetivo que pueden comprobarse en tantos momentos de la psicología humana y de la vida espiritual, así como en la misma vida social, en donde fácilmente pueden observarse repercusiones y señales de desorden interior. El misterio del pecado se compone de esta doble herida, que el pecado obra en si mismo y en relación al prójimo. Por lo tanto, se puede hablar de pecado personal y social. Todo pecado es personal bajo un aspecto; bajo otro, es social en cuanto tiene unas consecuencias sociales” (RP, 15)

La reparación es muy importante, porque cuando hemos cometido una falta tomamos conciencia de que nos conviene recuperar la nuestra autoconciencia, la confianza de la comunidad y nuestro lugar en ella. La reparación puede llevar tiempo, no se puede hacer con prisas, con ligereza. Es necesario respetar el camino, las etapas para garantizar la fiabilidad, la sinceridad y la solidez. Tiene que permitir reconstruir, reconsiderar qué es lo que amamos cuando hacemos un pequeño gesto, una vaga excusa, como signo de reparación que pueda ser una referencia para los demás.

Para san Benito si ha habido falta debe haber reparación, no habla de castigo sino de reparación y satisfacción. El acento no se pone en la falta y el culpable, sino sobre lo que se ha roto y que es preciso reparar. Aquel que ha sido excluido de la mesa y del oratorio, o él mismo es quién se ha excluido, ha roto algo que va más allá de su persona; ha tocado el corazón de la comunidad, que ha sido herida por uno de sus miembros enfermo. Entonces es preciso reparar la comunión entre los miembros de la comunidad. San Benito no dice cómo reparar, la clave nos la da en el centro del capítulo cuando nos dice que cuando sea oportuno se le haga comparecer, se lance a los pies de todos, es decir reconociendo humilmente la falta. Y solamente si se contempla la reparación se le admitirá habiendo recibido la plegaria de toda la comunidad, pero, mientras tanto, no atreviéndose a hacer nada si no se le manda.

San Benito pone el acento en la humildad y en la plegaria, fundamentos de comunión, rota a menudo por nuestra soberbia y orgullo. Para hacer este paso necesitamos la fuerza de la plegaria y la fuerza del Espíritu. San Benito pide a la comunidad que ore por aquel que ha fallado. Solamente, cuando estemos dispuestos a que oren por nosotros, podemos tener confianza para salir de la espiral de las faltas. El problema fundamental es que nos cerramos en nosotros mismos, creemos tener razón y estamos dispuestos contra todo el mundo para defender lo nuestro a capa y espada. De aquí que san Benito apunte como un camino el reconocimiento de nuestra propia miseria delante de los demás.

Escribía san Juan Pablo II: “reconciliarse con Dios, presupone e incluye desprenderse con lucidez y determinación del pecado cometido. Presupone e incluye hacer penitencia en el sentido más completo del término: arrepentirse, mostrar arrepentimiento, asumir la actitud concreta del arrepentido, que es la de quien se pone en el camino de vuelta al Padre. Esta es una ley general que cada uno ha de seguir en la situación particular en que se encuentra. En efecto, no puede contemplarse el pecado y la conversión en términos abstractos”. (RP, 13)

Ciertamente, nuestra sociedad no se caracteriza por la valoración del sentimiento de culpa. Parece que hoy todo es válido, y de aquí, por ejemplo, la grave crisis del sacramento de la reconciliación en las comunidades religiosas.

Lo que nos salva de la falta es la humildad, que nos permite reconocer que somos falibles, pecadores y pequeños. Necesitamos volver a las pequeñas cosas, reconociendo, por ejemplo, nuestro retardo al Oficio Divino, no prestándole atención, descuidar la lectio divina… Pequeñas y no tan pequeñas cosas, ya que la plegaria y el contacto con la Palabra de Dios, juntamente con el trabajo son el centro de nuestra vida.

No es cuestión de dramatizar, sino de tomar conciencia, de comprender que si no nos habituamos a pedir perdón por las pequeñas faltas, cada vez se nos hará más difícil hacerlo por otras más grandes., y así vamos perdiendo el sentido de la falta en perjuicio nuestro y de toda la comunidad.

Hoy nos decía el Apocalipsis en Maitines: “estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré a su casa”. Es la imagen bíblica de la conversión que nos pide una actitud para ir hasta la puerta, llamar y salir de nosotros mismos.

domingo, 19 de noviembre de 2017

CAPÍTULO 37 LOS ANCIANOS Y NIÑOS




CAPÍTULO 37


LOS ANCIANOS Y NIÑOS

A pesar de que la misma naturaleza humana se inclina de por sí a la indulgencia con estas dos edades, la de los ancianos y la de los niños, debe velar también por ellos la autoridad de la regla. 2 Siempre se ha de tener en cuenta su debilidad, y de ningún modo se atendrán al rigor de la regla en lo referente a la alimentación, 3 sino que se tendrá con ellos una bondadosa consideración y comerán antes de las horas reglamentarias.

San Benito nos habla en este capítulo de la naturaleza humana. Los jóvenes puede que no tengan fuerza para practicar la Regla, y los ancianos haberla perdido. Tenemos tendencia a juzgar lo que es posible y lo que no lo es en función de nuestros propios parámetros. Inconscientement4e evaluamos los límites entre lo posible y lo imposible en función de nuestras capacidades, sin ser conscientes de que nos consideramos el centro y criterio último de toda la realidad.

A esta actitud san Benito opone la objetividad de la Regla y nos sitúa en un plano completamente diferente ante la realidad.

Un ejemplo de ello son nuestros Padres Cistercienses. Así, de la lectura que hace san Bernardo se desprenden dos características generales: la primera, la insistencia en la moderación y la discreción, sobre la bondad, la indulgencia y la amplitud; la segunda es la libertad que mantiene ante el texto de la Regla en los casos particulares en que hay una prescripción particular que va en contra de una conducta que él cree que es necesario adoptar para ser más fiel a lo que le sugiere el Espíritu Santo. Es a la Regla, tomada en su conjunto, y sobre todo a su doctrina espiritual, a la que san Bernardo debe el carácter equilibrado de su enseñanza monástica. Nada más ajeno a su mentalidad que el uso literal.  El verdadero espíritu de la Regla no puede conducir ni a la tibieza, ni a una vida más severa que la establecida en cada monasterio. Ceder a una u otra de estas tentaciones sería para san Bernardo aceptar o ceder a un mal pensamiento. Pero, al contrario, guardar en todo el justo medio, no separa el texto de san Benito de la tradición viva, y es el camino de evitar todo exceso o defecto.

Pues este texto de la Regla lo deberíamos de escuchar cada día no como un reglamento. La finalidad de la Regla es abrirnos el camino para ir hacia el Reino, un camino de vuelta a Dios, individual, pero vivido en comunidad. La verdadera y mas grande dificultad es dejarnos trabajar por la gracia de Dios, no sucumbiendo a los deseos y pasiones que nos acechan.  Esto es lo que nos decía hoy san Agustín en Maitines: “la fortaleza cristiana incluye no solo hacer el bien, sino resistir a lo que es malo”, dejando entrar en nosotros la gracia de Dios y no obstaculizándola con nuestras miserias. La Regla es una escuela de libertad interior que poco a poco nos lleva a abrirnos a la acción del Espíritu, ayudándonos a distinguir entre nuestra propia voluntad y la de Dios. Aprender a ver qué quiere Dios es, en definitiva, la única razón de ser de la Regla.

San Benito se fija en los ancianos y en los más jóvenes, y nos pide estar atentos a sus debilidades. Nos habla del alimento, pero también podría hacerlo del sueño o del trabajo. Cuando todo va bien, cuando estamos en plena forma, se nos hace difícil entender que algo venga a ser difícil para nuestros hermanos. Debemos aprovechar incluso nuestros momentos de debilidad, como la enfermedad o la fatiga, para acercarnos a aquellos que en uno u otro momento se sienten abrumados. San Benito hace intervenir la autoridad de la Regla para que nos ayude a atender y entender la fragilidad de nuestros hermanos y la nuestra propia. Animando a los fuertes sin olvidar a los débiles, es como piensa san Benito. Uno de los principios de nuestra sociedad contemporánea es el de que la ley es igual para todos, a lo que cabe añadir que mientras no todos puedan conformarse a la ley no es necesario cambiarla. Pero éste no es el punto de partida de san Benito, sino que para él la Regla es una manera de vivir, un arte de vivir, hacia donde tenemos que tender, teniendo en cuenta la situación personal de cada cual.

Detrás de la mentalidad de nuestro mundo se esconden dos realidades que nos cuesta admitir: el miedo y las consecuencias de este miedo. Detrás de este igualitarismo de fachada se esconce el miedo de ser ignorados, porque la diferencia, ser diferentes, a menudo nos da miedo. Si aquel puede hacer aquello, ¿por qué yo no lo puedo hacer? Si aquel no hace yo tampoco hago todo lo que podría hacer… Detrás de esta actitud, hay un cierto infantilismo, está el niño que fuimos y que no hemos dejado de serlo del todo. Entonces nuestra tendencia puede ser la de hacer menos, de rebajar nuestro grado de cumplimiento, de relajarnos con el pretexto de que otros no pueden cumplir lo que dice san Benito. Y la consecuencia es relativizar la Regla, ya que no todos pueden llegar a vivirla en plenitud. San Benito no va por aquí, pues él no habla de relativizar sino de humanizar, teniendo en cuenta la realidad de las personas. Para san Benito no conviene hacer menos, siempre que todos hagan lo mismo, sino como dice él mismo. ”De manera que los fuertes deseen más y los débiles no se echen atrás” (RB 49,19)

Lo vemos en el evangelio que proclamamos y escuchamos este domingo. A cada uno se le dan unos talentos para que los hagan fructificar “Jesús quiere enseñar a los discípulos a utilizar bien sus bienes; Dios llama a cada hombre a la vida y le entrega unos talentos; confiándoles a la vez una misión a cumplir. Sería de necios pensar que estos dones se nos deben, y renunciar a utilizarlos sería no cumplir la finalidad de la propia vida”, escribe el Papa Benedicto (Ángelus 13, Noviembre 2011)

Este igualitarismo asimétrico nos pide una madurez, y este es el punto en donde deberíamos poner el acento en la nuestra relación con la manera de vivir la Regla, así “seas quien seas que te esmeras por llegar a la patria celestial, cumple bien con la ayuda de Cristo esta mínima Regla que hemos redactado como un comienzo, y entonces llegarás, con la protección de Dios, a las cumbres más altas de doctrina y de virtudes”.

Pero para ello necesitamos la ayuda de Dios, para cumplir estos mínimos, y empezar a subir, no deteniéndonos, y menos ir hacia atrás, sino subiendo cada vez más alto.